Nuestra libertad y su precio
Una vez terminado el periodo de exámenes parciales (comenzado el 25 de enero, que se dice pronto), ya tocaba dar señales de vida en el blog. Desde mi último artículo ha habido muchas cosas que querría haber comentado aquí y no hice por falta de tiempo o de ganas, y ahora muchas de ellas ya no tendría sentido publicarlas. Sin embargo sí quisiera reflexionar acerca de un hecho digno de estudio.
Hace unos días falleció el tristemente célebre ex-presidente yugoslavo Slobodan Milosevic. La noticia en sí es bien conocida y no tiene mucho de interesante por estas latitudes, pero no quiero centrarme en aspectos de juicio sobre este personaje, posiblemente uno de los mayores genocidas de nuestro tiempo. Más me interesa reflexionar acerca del considerable número de seguidores y simpatizantes que su persona arrastraba hacia su causa o hacia él mismo.
Lo ocurrido en sitios como Yugoslavia es una vergüenza para la humanidad, pero de manera muy especial para Europa occidental, un continente que siempre parece olvidar lo preciosa que es la libertad de que disfruta, y que entonces como hace 60 años delegó sin rubor su seguridad a EEUU, un país que sabe que defender sus intereses es defender los de la libertad incluso a costa de soportar los insultos de aquellos a quienes protege. En Europa carecemos de la voluntad para defender nuestros propios intereses, y seguimos buscando alguien que nos libere de tan pesada carga en lugar de asumir nuestra obligación para con quienes no tienen la suerte de formar parte del mundo libre. Hoy quizás muchos coincidimos en señalar a Milosevic como el único responsable de terribles matanzas, y quizás también lo hacemos porque necesitamos ignorar la parte de culpa que nos corresponde.
Deberíamos tomar nota cuanto antes si no queremos que en el futuro aparezcan nuevos Milosevics, elevados a la categoría de santos por culpa de nuestra propia falta de convicciones.
Hace unos días falleció el tristemente célebre ex-presidente yugoslavo Slobodan Milosevic. La noticia en sí es bien conocida y no tiene mucho de interesante por estas latitudes, pero no quiero centrarme en aspectos de juicio sobre este personaje, posiblemente uno de los mayores genocidas de nuestro tiempo. Más me interesa reflexionar acerca del considerable número de seguidores y simpatizantes que su persona arrastraba hacia su causa o hacia él mismo.
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Indudablemente la gran mayoría de estos se cuentan entre sus propios compatriotas serbios, quienes creyeron ver en él la figura que conduciría a su país hacia la prosperidad y recuperaría el orgullo nacionalista anterior al poder soviético. Siempre me ha parecido llamativo ver cómo millones de personas de a pie se dejan absorver por la vorágine de la limpieza étnica o de la violencia intolerante como mecanismos para lograr su identificación como individuos y como colectivo. Hay muchos factores que pueden contribuir a hacer que el ser humano se entregue en masa a la destrucción sistemática de sus semejantes, como pueden ser la falta de visión social y/o estratégica, el odio acumulado durante años, el adoctrinamiento mediático, etc. Pero a mi juicio hay un factor que es determinante por encima de todos ellos y que mal enfocado puede reultar más peligorso que el odio intestino: el deseo inherente en toda persona de su propia reafirmación.
Es dificil imaginar como un pueblo que logró convivir durante décadas bajo la bota comunista se arroje voluntariamente en brazos de otro totalitarismo no menos siniestro, si no es con el convencimiento de que tal cosa es realmente lo correcto y necesario. Por supuesto no olvido la forzada heterogeneidad de los pueblos que componían la ex-república yugoslava o la influencia de la manipulación mediática y de las labores propagandísticas, que ocultaran en parte a la opinión pública serbia las masacres de bosnios y albano-kosovares que se estaban llevando a cabo en los Balcanes. Sin embargo parece imposible que fueran totalmente inconscientes de estos actos a menos que involuntariamente colocaran una venda sobre sus ojos y decidieran mirar hacia otro lado -aunque en su interior más profundo seguramente reprobaran tales acciones-. Quizás Platón tenía razón al afirmar que las personas no nos sentimos cómodas ante la perspectiva de dirigir nuestra propia libertad, y que anhelamos la figura de un líder que asuma la penosa responsabilidad de dirigirnos y de velar por nosotros, por encima de cualquier otra necesidad. Seguramente el pueblo serbio fue engañado, pero tal vez tras años de miseria y opresión deseaba fervientemente que alguien le engañara, a semejanza de lo sucedido en Alemania en los años 30.
Como entonces, la guerra (o guerras) de los Balcanes no acaparó la atención del mundo libre hasta que esta amenazó con extenderse más allá de las fronteras de un conflicto local. Fue entonces cuando la OTAN, cansada también de mirar hacia otro lado y que se reveló como un organismo altamente ineficaz y burocratizado, solicitó la intervención americana tras reconocer su total incapacidad para impedir casi medio millón de muertes y más de un millón de refugiados en sus propias puertas.
Es dificil imaginar como un pueblo que logró convivir durante décadas bajo la bota comunista se arroje voluntariamente en brazos de otro totalitarismo no menos siniestro, si no es con el convencimiento de que tal cosa es realmente lo correcto y necesario. Por supuesto no olvido la forzada heterogeneidad de los pueblos que componían la ex-república yugoslava o la influencia de la manipulación mediática y de las labores propagandísticas, que ocultaran en parte a la opinión pública serbia las masacres de bosnios y albano-kosovares que se estaban llevando a cabo en los Balcanes. Sin embargo parece imposible que fueran totalmente inconscientes de estos actos a menos que involuntariamente colocaran una venda sobre sus ojos y decidieran mirar hacia otro lado -aunque en su interior más profundo seguramente reprobaran tales acciones-. Quizás Platón tenía razón al afirmar que las personas no nos sentimos cómodas ante la perspectiva de dirigir nuestra propia libertad, y que anhelamos la figura de un líder que asuma la penosa responsabilidad de dirigirnos y de velar por nosotros, por encima de cualquier otra necesidad. Seguramente el pueblo serbio fue engañado, pero tal vez tras años de miseria y opresión deseaba fervientemente que alguien le engañara, a semejanza de lo sucedido en Alemania en los años 30.
Como entonces, la guerra (o guerras) de los Balcanes no acaparó la atención del mundo libre hasta que esta amenazó con extenderse más allá de las fronteras de un conflicto local. Fue entonces cuando la OTAN, cansada también de mirar hacia otro lado y que se reveló como un organismo altamente ineficaz y burocratizado, solicitó la intervención americana tras reconocer su total incapacidad para impedir casi medio millón de muertes y más de un millón de refugiados en sus propias puertas.
Lo ocurrido en sitios como Yugoslavia es una vergüenza para la humanidad, pero de manera muy especial para Europa occidental, un continente que siempre parece olvidar lo preciosa que es la libertad de que disfruta, y que entonces como hace 60 años delegó sin rubor su seguridad a EEUU, un país que sabe que defender sus intereses es defender los de la libertad incluso a costa de soportar los insultos de aquellos a quienes protege. En Europa carecemos de la voluntad para defender nuestros propios intereses, y seguimos buscando alguien que nos libere de tan pesada carga en lugar de asumir nuestra obligación para con quienes no tienen la suerte de formar parte del mundo libre. Hoy quizás muchos coincidimos en señalar a Milosevic como el único responsable de terribles matanzas, y quizás también lo hacemos porque necesitamos ignorar la parte de culpa que nos corresponde.
Deberíamos tomar nota cuanto antes si no queremos que en el futuro aparezcan nuevos Milosevics, elevados a la categoría de santos por culpa de nuestra propia falta de convicciones.


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